Durante el embarazo, y sin saber su sexo, lo llamaba Marmaduque, por un personaje de la historia de Chile que me quedó grabado cuando me preparaba para dar la Prueba de Aptitud. Le hablaba a través del inflado cuerpo de mi madre y le preguntaba por cómo estaban las cosas allá adentro. Nació exactamente un mes antes de la cesárea programada, fue tan repentino e inimaginable como cuando mi mamá me contó que estaba embarazada. “Puta que la cagan”, pensé. El matrimonio estaba en crisis, había problemas económicos y una serie de situaciones que complicaban el escenario. Pero así y todo, el benja llegó. Era el 16 de febrero de 2003, yo tenía los mismos 18 años que mi madre tuvo cuando nací. Cuando lo vi por primera vez encontré un ser infinitamente diminuto y nuevo, limpio de todo. Ante él sólo había futuro y amor eterno que me logró despertar, nada más.
Él es la maravilla de tener el tiempo y las ganas de hacer cosas nuevas, de abrazar con ganas, de subirse a los árboles, de saltar en la cama, de agarrar bichos, de despertar en las mañanas con alegría, de sentir que todo el mundo es su amigo, de decir sin pudor lo que quiere: “Mamá, préndeme la luz, voy a hacer caca”.
Hay tantas cosas que no sabe de la vida, tantas restricciones desagradables que se imponen con el paso de los años. Es un lienzo en blanco que ha ido pintando con la libertad que sólo es posible de tener en la infancia que él disfruta. Vive como quiere hacerlo, se emociona porque hay jugo de naranja al almuerzo; su único dilema es cuando dan al mismo tiempo dos de sus programas favoritos en la tele.
Cada cosa, momento y emoción que vive es nueva, es la frescura de sentir que no hay nada que lo detiene. Queda con la cara llena de salsa cuando come tallarines, en verano el helado le chorrea entremedio de los dedos, no hay pudor, no hay vergüenza, no hay preocupaciones y, por supuesto, no hay problemas.
El tiempo es su dominio, lo tiene a su disposición, y cree que todos nos manejamos así. Maldito el día en que comprenda que eso no es tan verdad. Por eso, no importa si estudio, leo, tejo o trabajo, interrumpe religiosamente todo lo que hago para abrazarme y decir: “Pili, yo te quiero”, quiere asegurarse de que mi tiempo también es suyo y yo se lo permito.

1 Observaciones, comentarios y acotaciones de pie:
Que bien, que aparecio nuevamente.
Que ganas de volver a ser niño, y volver a crear nuestros propios mundos.
Es todo un personaje su hermanito. ;)
Hartos Cariños
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