Domingo 30 de agosto, 16.30 horas.
Prefiero esperar de pie
Historias urbanas de la vida y nuestro entorno

El Chilean (o por qué no Latinoamerican) Splendor está aquí. Instalado. Pero silencioso y acogotado por la vergüenza que significa levantar la voz. Mejor seguir siendo paciente, pisoteado. Estupideces varias de una sociedad que aún no sabe mirarse a la cara y se evade en el reflejo del Metro.Al frente del diario donde hago mi práctica, vive un grupo de hombres y una mujer en medio de una loma que se cobija en la curva de Vicuña Mackenna, llegando a metro Ñuble. Entremedio de los árboles amarraron cordeles para colgar la ropa que lavan. Preparan el fuego para sus comidas, o toman sol acostados en el pasto. Cada vez que paso los veo agrupados, sumidos en sus quehaceres normales, pero públicos, y junto a ellos la vista de sus piezas de cajas de cartón y colchas. Aún no cruzo la calle para saber de sus historias, debo confesar que a veces la curiosidad es retenida por el miedo a ser imprudente.
Qué reflejo más absoluto hay en ellos de una vida que no tiene el espacio suficiente para ser entendida sin las parafernalias del etiquetado del "pobre". Que vergüenza que estén viviendo en silencio teniendo al frente una de las dos mitades del duopolio comunicacional de este país. Y yo, la practicante, curiosa, que se aferra a ellos esperando el día en que cruzará la calle y cruzará palabras, para algún otro día, por qué no, volver a ellos recordándolos en miles de caracteres.
Sé que Harvey hubiese ido a verlos. Les daría la mano y con su voz raspada les haría un par de preguntas. Para adentro se cuestionaría el por qué alguien opta por vivir en la calle y para rematar se contaría un chiste cruel que sólo el y su mente sabrían apreciar.
En estos meses de verano he tenido mi propio Chilean Splendor.
los estudiantes del Campus Juan Gómez Millas de la Universidad de Chile. El no ha cambiado el mundo, pero sí el propio, no batalla con dragones, ni es miembro de una organización social, sólo sale adelante por él y su esposa, lo que ya es suficiente.Es un héroe local, un luchador cotidiano. Tiene 84 años, ojos luminosos y la chispa de quien no se deja abatir por nada. Todos los días, tipo cuatro de la tarde, sale de su casa y empuja un gran carro lleno de dulces, chocolates y cuanto antojo que la gula quiera encontrar. Todos los días lo mismo. Con frío, con sol, con crisis asiática y vacas flacas, el sigue adelante, dando vueltos, contando monedas, envolviendo cuchuflís, poniendo en orden las barras de chocolate y los chicles. En su juventud fue miembro de la Fuerza Área, de ellos recibe una pensión que “no alcanza para nada”, como dice. Por eso depende de los dulces,
de su carro, con eso paga las cuentas, el arriendo, los gastos de vivir, tiene que hacerlo y lo hace con gusto, en su casa lo espera su esposa quien se encuentra inmovilizada por una fractura de cadera de la que nunca se pudo recuperar. El mueve el mundo para los dos. Es el dueño de casa, lava, cocina, plancha, hace el aseo. Así todos los días, y no se deja abatir, sin vacaciones, ni tardes de té y estufa.José Osorio tiene la frente en alto, el orgullo de ser un hombre de corazón grande y qué aún se siente útil. El vigor se aferra a sus pasos, esos mismos que lo llevan a empujar su carro y la silla de ruedas de su esposa. Un héroe de tomo y lomo.
Durante el embarazo, y sin saber su sexo, lo llamaba Marmaduque, por un personaje de la historia de Chile que me quedó grabado cuando me preparaba para dar la Prueba de Aptitud. Le hablaba a través del inflado cuerpo de mi madre y le preguntaba por cómo estaban las cosas allá adentro. Nació exactamente un mes antes de la cesárea programada, fue tan repentino e inimaginable como cuando mi mamá me contó que estaba embarazada. “Puta que la cagan”, pensé. El matrimonio estaba en crisis, había problemas económicos y una serie de situaciones que complicaban el escenario. Pero así y todo, el benja llegó. Era el 16 de febrero de 2003, yo tenía los mismos 18 años que mi madre tuvo cuando nací. Cuando lo vi por primera vez encontré un ser infinitamente diminuto y nuevo, limpio de todo. Ante él sólo había futuro y amor eterno que me logró despertar, nada más.
Él es la maravilla de tener el tiempo y las ganas de hacer cosas nuevas, de abrazar con ganas, de subirse a los árboles, de saltar en la cama, de agarrar bichos, de despertar en las mañanas con alegría, de sentir que todo el mundo es su amigo, de decir sin pudor lo que quiere: “Mamá, préndeme la luz, voy a hacer caca”.
Hay tantas cosas que no sabe de la vida, tantas restricciones desagradables que se imponen con el paso de los años. Es un lienzo en blanco que ha ido pintando con la libertad que sólo es posible de tener en la infancia que él disfruta. Vive como quiere hacerlo, se emociona porque hay jugo de naranja al almuerzo; su único dilema es cuando dan al mismo tiempo dos de sus programas favoritos en la tele.
Cada cosa, momento y emoción que vive es nueva, es la frescura de sentir que no hay nada que lo detiene. Queda con la cara llena de salsa cuando come tallarines, en verano el helado le chorrea entremedio de los dedos, no hay pudor, no hay vergüenza, no hay preocupaciones y, por supuesto, no hay problemas.
El tiempo es su dominio, lo tiene a su disposición, y cree que todos nos manejamos así. Maldito el día en que comprenda que eso no es tan verdad. Por eso, no importa si estudio, leo, tejo o trabajo, interrumpe religiosamente todo lo que hago para abrazarme y decir: “Pili, yo te quiero”, quiere asegurarse de que mi tiempo también es suyo y yo se lo permito.
Al llegar a mi destino, noté que el cómodo pantalón que tenía puesto se había desconocido en toda la parte trasera, o sea, tenía al descubierto gran parte de mi lindo derrière que lamentablemente no lograba ser protegido, para nada, por el colaless que elegí usar ese día. De la vergüenza pasé a la paranoia: claro, el par de jovenzuelos tuvieron un festín visual que pudieron haber grabado o fotografiado con absoluta facilidad gracias a sus celulares. Y yo ultrajada como las divas que toman sol en topless en Miami.
Hoy en día es imposible detener el bichito reporteril que invade a más y más personas, la mayoría de los videos que vemos en Youtube son de creación artesanal o captan los momentos desprevenidos de las personas comunes y corrientes, porque si tienes un celular con cámara eres de inmediato un ciudadano que puede crear o informar, ya que somos los testigos principales o protagonistas de las miles de cosas que día a día pueden pasar y que la prensa se pierde. Frenar la corriente de información digital popular – cualquiera que sea – parece un acto imposible, son tantos los lugares habilitados para su difusión que es difícil saber por donde empezar y además son necesarios. Me confieso y me conformo, creo que soy una victima de la web 2.0, de Bolocazzo a Roblerazo… ¿Estaré en Youtube?
