domingo, febrero 22, 2009

Chilean Splendor

Lo escribe Paulina Roblero Tranchino |

Me pregunto si Harvey Pekar sería valorado como artista que es si su cuna hubiese sido Santiago en vez de la helada Cleveland. Me pregunto si el relato de una vida de rutinas sufridas y archivos que ordenar sería visto como la voz del héroe callejero que se pasea por el ciclo de la "vida que hay que vivir" quejándose abiertamente. Ese hombre calvo y pequeño estaría sentado en Plaza de Armas, se tomaría un cortado en un café con piernas del centro en compañía de una chica semidesnuda con una historia secreta que se muere por despatar, más allá que su incómodo colaless. Harvey se quedaría solo. Con esperanza de que en sus palabras, viñetas, cajas de diálogo y dibujos crudos que evaden la sutiliza del lápiz para capturar el destello del ser humano normal, encontremos por fin ese espacio que habla para nosotros desde nosotros.

El Chilean (o por qué no Latinoamerican) Splendor está aquí. Instalado. Pero silencioso y acogotado por la vergüenza que significa levantar la voz. Mejor seguir siendo paciente, pisoteado. Estupideces varias de una sociedad que aún no sabe mirarse a la cara y se evade en el reflejo del Metro.

Al frente del diario donde hago mi práctica, vive un grupo de hombres y una mujer en medio de una loma que se cobija en la curva de Vicuña Mackenna, llegando a metro Ñuble. Entremedio de los árboles amarraron cordeles para colgar la ropa que lavan. Preparan el fuego para sus comidas, o toman sol acostados en el pasto. Cada vez que paso los veo agrupados, sumidos en sus quehaceres normales, pero públicos, y junto a ellos la vista de sus piezas de cajas de cartón y colchas. Aún no cruzo la calle para saber de sus historias, debo confesar que a veces la curiosidad es retenida por el miedo a ser imprudente.

Qué reflejo más absoluto hay en ellos de una vida que no tiene el espacio suficiente para ser entendida sin las parafernalias del etiquetado del "pobre". Que vergüenza que estén viviendo en silencio teniendo al frente una de las dos mitades del duopolio comunicacional de este país. Y yo, la practicante, curiosa, que se aferra a ellos esperando el día en que cruzará la calle y cruzará palabras, para algún otro día, por qué no, volver a ellos recordándolos en miles de caracteres.

Sé que Harvey hubiese ido a verlos. Les daría la mano y con su voz raspada les haría un par de preguntas. Para adentro se cuestionaría el por qué alguien opta por vivir en la calle y para rematar se contaría un chiste cruel que sólo el y su mente sabrían apreciar.

En estos meses de verano he tenido mi propio Chilean Splendor.

sábado, octubre 04, 2008

José Osorio: luchador cotidiano

Lo escribe Paulina Roblero Tranchino |

Todos los días vemos historias anónimas pasar por nuestro lado y situaciones inimaginables que se alojan en personas desconocidas. Así llegamos a “Don José”, conocido en el barrio de Ignacio Carrera Pinto, al costado del supermercado PuertoCristo que provee a los estudiantes del Campus Juan Gómez Millas de la Universidad de Chile. El no ha cambiado el mundo, pero sí el propio, no batalla con dragones, ni es miembro de una organización social, sólo sale adelante por él y su esposa, lo que ya es suficiente.

Es un héroe local, un luchador cotidiano. Tiene 84 años, ojos luminosos y la chispa de quien no se deja abatir por nada. Todos los días, tipo cuatro de la tarde, sale de su casa y empuja un gran carro lleno de dulces, chocolates y cuanto antojo que la gula quiera encontrar. Todos los días lo mismo. Con frío, con sol, con crisis asiática y vacas flacas, el sigue adelante, dando vueltos, contando monedas, envolviendo cuchuflís, poniendo en orden las barras de chocolate y los chicles. En su juventud fue miembro de la Fuerza Área, de ellos recibe una pensión que “no alcanza para nada”, como dice. Por eso depende de los dulces, de su carro, con eso paga las cuentas, el arriendo, los gastos de vivir, tiene que hacerlo y lo hace con gusto, en su casa lo espera su esposa quien se encuentra inmovilizada por una fractura de cadera de la que nunca se pudo recuperar. El mueve el mundo para los dos. Es el dueño de casa, lava, cocina, plancha, hace el aseo. Así todos los días, y no se deja abatir, sin vacaciones, ni tardes de té y estufa.

José Osorio tiene la frente en alto, el orgullo de ser un hombre de corazón grande y qué aún se siente útil. El vigor se aferra a sus pasos, esos mismos que lo llevan a empujar su carro y la silla de ruedas de su esposa. Un héroe de tomo y lomo.

sábado, julio 26, 2008

(la maravilla de) Marmaduque

Lo escribe Paulina Roblero Tranchino |

“Un mago”, me respondió el benja cuando le pregunté que quería ser cuando grande. A la semana siguiente le pregunté de nuevo y me dijo: “Quiero ser un doctor y un arreglador de lápices”. Tiene cinco años, el pelo lleno de rulos que saltan al mismo ritmo que él, y unos ojotes enormes que observan todas las cosas que hay a su alrededor.

Durante el embarazo, y sin saber su sexo, lo llamaba Marmaduque, por un personaje de la historia de Chile que me quedó grabado cuando me preparaba para dar la Prueba de Aptitud. Le hablaba a través del inflado cuerpo de mi madre y le preguntaba por cómo estaban las cosas allá adentro. Nació exactamente un mes antes de la cesárea programada, fue tan repentino e inimaginable como cuando mi mamá me contó que estaba embarazada. “Puta que la cagan”, pensé. El matrimonio estaba en crisis, había problemas económicos y una serie de situaciones que complicaban el escenario. Pero así y todo, el benja llegó. Era el 16 de febrero de 2003, yo tenía los mismos 18 años que mi madre tuvo cuando nací. Cuando lo vi por primera vez encontré un ser infinitamente diminuto y nuevo, limpio de todo. Ante él sólo había futuro y amor eterno que me logró despertar, nada más.

Él es la maravilla de tener el tiempo y las ganas de hacer cosas nuevas, de abrazar con ganas, de subirse a los árboles, de saltar en la cama, de agarrar bichos, de despertar en las mañanas con alegría, de sentir que todo el mundo es su amigo, de decir sin pudor lo que quiere: “Mamá, préndeme la luz, voy a hacer caca”.

Hay tantas cosas que no sabe de la vida, tantas restricciones desagradables que se imponen con el paso de los años. Es un lienzo en blanco que ha ido pintando con la libertad que sólo es posible de tener en la infancia que él disfruta. Vive como quiere hacerlo, se emociona porque hay jugo de naranja al almuerzo; su único dilema es cuando dan al mismo tiempo dos de sus programas favoritos en la tele.

Cada cosa, momento y emoción que vive es nueva, es la frescura de sentir que no hay nada que lo detiene. Queda con la cara llena de salsa cuando come tallarines, en verano el helado le chorrea entremedio de los dedos, no hay pudor, no hay vergüenza, no hay preocupaciones y, por supuesto, no hay problemas.

El tiempo es su dominio, lo tiene a su disposición, y cree que todos nos manejamos así. Maldito el día en que comprenda que eso no es tan verdad. Por eso, no importa si estudio, leo, tejo o trabajo, interrumpe religiosamente todo lo que hago para abrazarme y decir: “Pili, yo te quiero”, quiere asegurarse de que mi tiempo también es suyo y yo se lo permito.

Ayer le pregunté de nuevo qué quería ser cuando grande. “Un astronauta, un policía, un bombero, un pintor y un cantante”, me dijo convencido. Lo miré y me reí con ganas, de esas que él tiene ante la vida que lo espera, me sonrió de vuelta y lo abracé, lo abrazo y aún no lo suelto.

lunes, marzo 10, 2008

Ciudadanos Paparazzi

Lo escribe Paulina Roblero Tranchino |

Hace un par de días, me encontraba caminando por un sector del gran Santiago usando unos cómodos pantalones de algodón. En mi travesía creo que recorrí al menos unas siete cuadras en una calle repleta de peatones y autos en movimiento. Me parecía un poco extraño, pero no le quise dar mucha importancia, a la forma media picarona en la que un par de chicos ubicados detrás de mi me miraban, acompañada también de risas silenciosas que trataban de disimular. Esa caminata fue rara, no sólo por ellos, sino que también noté una actitud similar en un señor bastante adulto.

Al llegar a mi destino, noté que el cómodo pantalón que tenía puesto se había desconocido en toda la parte trasera, o sea, tenía al descubierto gran parte de mi lindo derrière que lamentablemente no lograba ser protegido, para nada, por el colaless que elegí usar ese día. De la vergüenza pasé a la paranoia: claro, el par de jovenzuelos tuvieron un festín visual que pudieron haber grabado o fotografiado con absoluta facilidad gracias a sus celulares. Y yo ultrajada como las divas que toman sol en topless en Miami.

Hoy en día es imposible detener el bichito reporteril que invade a más y más personas, la mayoría de los videos que vemos en Youtube son de creación artesanal o captan los momentos desprevenidos de las personas comunes y corrientes, porque si tienes un celular con cámara eres de inmediato un ciudadano que puede crear o informar, ya que somos los testigos principales o protagonistas de las miles de cosas que día a día pueden pasar y que la prensa se pierde. Frenar la corriente de información digital popular – cualquiera que sea – parece un acto imposible, son tantos los lugares habilitados para su difusión que es difícil saber por donde empezar y además son necesarios. Me confieso y me conformo, creo que soy una victima de la web 2.0, de Bolocazzo a Roblerazo… ¿Estaré en Youtube?

domingo, diciembre 09, 2007

Los tiempos del enojo

Lo escribe Paulina Roblero Tranchino |

¿Qué puede ser lo más lamentable de una pelea?

Las cosas que se dicen, posiblemente... creo que son sus cómo, sus por qué y por sobretodo la ira que acompaña cada grito de entremedio. Me peleé con mi vieja la semana pasada, fue feo, bien feo. Se dijeron y pasaron cosas horribles, pero como siempre el bando contrario siente más horrible lo que dice el otro a lo que dice uno.

Ella me habla. Como si nada hubiese pasado. Yo trato de ignorarla sin ser tan desagradable, pero en el fondo me gustaría de plano no mirarla, no compartir con ella las cuatro paredes y por sobretodo decirle lo que siento de todo lo que ha pasado. Pero no decir "lo siento", porque de disculpas, ni culpa no siento alguna...

Ese es el principal problema de las peleas cuando no tienes la distancia suficiente para no verse y mandarse al carajo sin problema: te sientes atrapado sin poder llegar a las resoluciones que te permiten la distancia y el desapego, por eso en este minuto me siento ahogada.

Claramente mis tiempos del enojo son distintos a los de ella.

Por ahora no sé nada. En verdad no quiero nada. Las disculpas no vienen al caso, claramente lo que ella dijo salió con completa honestidad y esta bien si ese es su sentir, si esa es la realidad que ella cree vivir y ver. Por otro lado, puede que esté equivocada, pero creo que lo que yo dije no tuvo nada de terrible, de hecho me limité a escuchar sus confesiones. Bien por ella... que haga su vida, que sea feliz.

Suena a pataleta de niña picada y puede que sea cierto, pero parte de mi enojo viene con decepción, por lo que dijo, por cómo lo dijo, por un comportamiento errático que me sabe a resabios de pataletas hereditarias y por ver lo frágil que puede ser el lazo que une la sobrevaloración de las personas. Una vez más me doy cuenta de que eso de ponerlas en un altar es ciertamente equivocado. Así que por mientras que viva su vida, que se centre en disfrutar de la única felicidad que dice tener en su vida. Mientras, yo me dedicaré a a vivir la mía, como siempre.

Tengo muchas cosas en la cabeza. El reloj biológico me hace tic- tac, tengo 23 años, siento que ya es hora de irme de esta casa, de buscar mi lugar y tener mi propio espacio, pero logística y económicamente es imposible. Por fin tengo trabajo en una revista pero la paga es casi un acto simbólico (que de hecho veré en un par de meses más). Irse a vivir con amigos tambien es impensado. Mis mejores amigas recién terminan sus carreras y empezarán con sus prácticas y por lo que creo aún no tienen intenciones de emigrar.

Insisto, tengo muchas cosas en la cabeza. Un poco de cansancio, un poco de ese colapso que viene con fin de año, un poco de orgullo, un poco de pena, un poco de frustración, un poco de impaciencia por acelerar el tiempo y poder compartir con aquellos amigos que extraño y quiero. En definitiva, un poco de todo lo que se viene encima cuando se está enojado.

De todas formas, y más allá del cliché "madre hay una sola", espero que la rabia se me pase, que se me olvide luego y que mi tiempos del enojo se encuentren por fin con los de ella.

jueves, octubre 18, 2007

Un sucio placer prohibido

Lo escribe Paulina Roblero Tranchino |

Cuando tenía como cinco años hice una hazaña increíble. Logré inflar un globo gigantesco de chicle. Su color era entre morado, café y verde, ya que mezclé un montón de miti-mitis sin importarme que los sabores fueran distintos.

Algo tenía el chicle que me fascinaba profundamente, era entre lo prohibido y ese dejo adulto que tenía. Había una cierta soberanía en quienes veía masticar esa gomosa sustancia y yo quería ser una de ellos.

El globo que había inflado era tan grande como mi cabeza, era imposible evitar la tentación de reventarlo con mis manos. Como si aplaudiera lo hice explotar, la esfera olorosa a colorantes y endulcorantes artificiales era ahora parte de mis palmas.

Corrí a la casa en busca de ayuda, consciente del reto que vendría ya que no me dejaban jugar con esta cosa porque que pensaban que me lo podía tragar o que terminaría tal como iba ahora a pedir socorro. Aunque lo niegue, la voz adulta muchas veces tiene la razón y logra adelantarse a lo evidente.

Recuerdo la cara de decepción de mi mamá. Sentada y con una esponja en la mano frotó una infinidad de veces tratando de sacar la mayor cantidad de esa pegote delicia que era ahora de color negro. “Es imposible sacarte esto” – me dijo con molestia – “Te vas a quedar con las manos con chicle para siempre”. Pensé lo peor. Inmediatamente me imaginé adulta y con mis manos inmundas, llenas de basuritas que se fueron adhiriendo a mis palmas a medida que pasaron los años.

Me fui a la calle con las manos sucias y el sentimiento de derrota. Preocupada por la cochina y eterna condena que me esperaba, pensé que podría despegar el chicle si frotaba mis manos con un poco de ripio, que por algún motivo desconocido, se encontraba a la salida de la casa de uno de mis vecinos. A la vez recordaba que no me dejaban jugar con ese montoncito de arena porque según mis padres: “la habían sacado del Mapocho y en el Mapocho hay caca”. Para los padres todo lo que era sucio, era caca, quizás se justificaba en esos tiempos porque el Cólera y el Tifus eran las enfermedades del momento. Quizás, como lo es hoy, la Influenza.

A pesar de las advertencias, y sin hacer caso, me fui al montón de ripio al igual que me había metido esa cantidad descomunal de miti-mitis que ahora me tenía tan complicada. Había algo en ese montículo gris que me llamaba, me senté a su lado, agarré un puñado y comencé a frotar mis manos. De a poco sentí la libertad. El chicle se alejó definitivamente de mis manos y tuve que aprender que un sucio placer prohibido saca otro. Tal como los clavos.

domingo, octubre 14, 2007

Alvarito

Lo escribe Paulina Roblero Tranchino |

Amigos hay muchos. Pero la forma de ser y enfrentar la vida son las cosas que distinguen unos de otros. Mi amigo, Alvaro Pujol, es lo máximo. Llegó al colegio cuando estábamos en tercero básico, era orejón y usaba un corte de pelo al estilo príncipe valiente. Cuando hice mi fiesta de cumpleaños nº 11, al pastel no se le ocurrió nada mejor que ir a tirar su completo (italiano) al parabrisas del auto de uno de mis vecinos. Está de más decir que mi viejo lo puteó un buen rato y lo mandó a limpiar.

Creo que nuestra amistad empezó en primero medio, quizás fue antes, quizás un poco después. Lo que sí tengo claro es que en cuarto medio eramos compañeros de puesto y que pasamos juntos el año nuevo de 2002.

Era muy fácil reirse con él ya que tenía un serio problema que le impedía estar tranquilo. Siempre hacía ruidos, bailaba e imitaba a la perfección a los profesores. Tenía un montón de páginas con anotaciones negativas, las cuales, por lo general, se las ponía el profesor de matemática, Fernando Loza.

Su vida es como la de Papelucho: vive un sinnúmero de aventuras cómicas que después pasan a ser las anécdotas obligadas de las fiestas, reuniones o asados.

Hace como dos años me contó que cuando iba saliendo de Barrio Suecia, algo borracho, se encontró en la esquina con un tipo que le pareció normal. Después de darse cuenta que no tenía plata y que ninguna micro le paraba, le preguntó al desconocido si el tenía algo de dinero. El sujeto abrió y cerró su puño y le dijo que tenía como 200 pesos. En medio de la madrugada iniciaron una marcha juntos hasta llegar a la casa de mi querido Pujol en dónde, amablemente, dejó alojar a su compañero de ruta.

Al día siguiente, a Alvaro lo despertaron para almorzar. Detrás de él venía el tipo que se encontró la noche anterior y cuando estaba llegando al comedor chocó con una pared pegándose en toda la cara. En ese momento Pujol se dió cuenta que el tipo con el que caminó por horas era ciego.

Sus papás, extrañados por la visita, le comenzaron a preguntar cómo se llamaba su amigo, de dónde era y todas esas cosas típicas de los padres. Mi amigo, por supuesto, no tenía la más mínima idea de las respuestas. Sólo recordaba que anoche había ido a Suecia. Hasta el día de hoy el detalle que recuerda con más risa es ver la complicación con que comía su no vidente comensal. Sólo le quedaba un tallarín en el plato, pero el muchacho se empeñaba rigurosamente en buscarlo. Despúes supo que estudiaba música y que su hermano mayor, José Miguel, se ofreció en ir a dejarlo hasta su casa ya que le quedaba camino a donde iba.

Historias como esas tiene miles: una vez le apuntaron con una pistola porque se le ocurrió meterse a una casa en medio de la noche a pedir un cigarro.

Mi amigo es lo máximo. Sabe ser feliz y trata que el resto vea las cosas con la misma alegría que él.

A veces es mejor que muchos, pero casi siempre es mejor que todos.

Mi adolescencia gracias a su compañia es un gracioso recuerdo. Sobretodo porque siempre tuvo la paciencia para aguantar lo impresionantemente hinchapelotas que puedo ser. Sobretodo porque siempre me decía que sí, y ponía cara de interés, cuando le contaba con emoción historias que nunca me pudo entender por lo rápido que le estaba hablando.

Lo extraño casi tanto como lo quiero. Pero cuando lo veo todo sigue igual, intacto, completamente fiel y sincero: el cariño, los chistes y esa complicidad que tantas alegrías me ha traído.

Mi amigo, Alvaro Pujol, es lo máximo.

domingo, octubre 07, 2007

Olor a gladiolo

Lo escribe Paulina Roblero Tranchino |

Cuando se llega a la tercera edad son muchas las cosas que ocurren: descuentos en las farmacias, les ceden el asiento en la micro, no hacen la cola del banco, vacunas y exámenes preventivos, compran Corega, se quiebran la cadera con una facilidad impresionante, la memoria ya no es la de antaño y adquieren un especial afán por pellizcar las mejillas de los niños.


Mientras, el resto de las personas ve en los veteranos una cuenta regresiva, pues si ya lo vivieron todo lo único que les queda por vivir, ironicamente, es la muerte. Es lamentable, pero cierto. Todo lo que el ancianito (a) hace (o deja de hacer) huele a preparativos para el funeral.

Mi vecina del tercer piso es increiblemente vieja. Es encorbada, extremandamente pequeña y camina con un bastón métalico. Cuando sube las escaleras se demora tanto que yo las puedo subir y bajar tres veces sin que ella haya alcanzado a llegar al descanso del segundo piso. Vive la mayor parte del tiempo sola, porque su hija viaja a Bolivia constantemente. Tiena una perra pequeña y fea que ladra con odio a cualquier cosa que se mueve. Yo amo a los perros, pero a la suya no.


Hace como un año se pensó que había muerto. Nadie había escuchado ni sabido de ella en mucho tiempo, no la habían visto bajar con la antipática de su perra y ninguna persona se la había topado en el supermercado. La tierra se la había tragado y pasó mucho tiempo antes de que alguien lo notara.


Todo sucedió así: Una linda y silenciosa tarde primaveral fue interrumpida con la extraña llegada de los Carabineros (y junto a ellos un montón de curiosos). Los vecinos, al notar que los uniformados se dirigían a nuestro block (el "C") y específicamente al tercer piso, fue ahí cuando se acordaron de la anciana y de su desaparición.

Los de "Orden y Patria" golpearon y tocaron el timbre un montón de veces sin recibir respuesta. No les quedó otra alternativa que botar la puerta... todo sea por la viejita del bastón metálico.


Todos estaban conmocionados, la viejita del tercer piso había muerto sin que nadie se diera cuenta.

Una vez que sacaron la puerta, los Carabineros entraron al departamento, los sapos de turno se agolpaban a la entrada de mi querido block armando hipótesis y teorías de la lamentable muerte y yo miraba por la ventana sin entender lo que estaba pasando.

Resultado: el departamento estaba vacío, el cuerpo de la veterana había desaparecido.

Mientras el departamento estaba siendo revisado por la fuerza policial (en busca de pistas o algo así), por la entrada principal ingresaba, con la perra odiosa y su bastón, la viejita. Nunca estuvo desaparecida, ni mucho menos, muerta. Había salido a dar una vuelta, y dio la casualidad que por un par de días no se topó con nadie de los blocks. ¿Pero cómo se explica la llega de los Carabineros? Fácil. Su hija - que se encontraba en Bolivia - la llamó a la misma hora que lo hace todos los días, y como no recibió respuesta despúes de intentar comunicarse por 5 horas seguidas, llamó a los Carabineros para que fueran a ver si su madre estaba bien.

Lamentable, pero cierto. A la pobre viejita se le acusó de una muerte que aún no piensa vivir. Todo por estar en edad de "merecer" y con olor a gladiolo.