Amigos hay muchos. Pero la forma de ser y enfrentar la vida son las cosas que distinguen unos de otros. Mi amigo, Alvaro Pujol, es lo máximo. Llegó al colegio cuando estábamos en tercero básico, era orejón y usaba un corte de pelo al estilo príncipe valiente. Cuando hice mi fiesta de
cumpleaños nº 11, al pastel no se le ocurrió nada mejor que ir a tirar su completo (italiano) al parabrisas del auto de uno de mis vecinos. Está de más decir que mi viejo lo puteó un buen rato y lo mandó a limpiar.
Creo que nuestra amistad empezó en primero medio, quizás fue antes, quizás un poco después. Lo que sí tengo claro es que en cuarto medio eramos compañeros de puesto y que pasamos juntos el año nuevo de 2002.
Era muy fácil reirse con él ya que tenía un serio problema que le impedía estar tranquilo. Siempre hacía ruidos, bailaba e imitaba a la perfección a los profesores. Tenía un montón de páginas con anotaciones negativas, las cuales, por lo general, se las ponía el profesor de matemática, Fernando Loza.
Su vida es como la de Papelucho: vive un sinnúmero de aventuras cómicas que después pasan a ser las anécdotas obligadas de las fiestas, reuniones o asados.
Hace como dos años me contó que cuando iba saliendo de Barrio Suecia, algo borracho, se encontró en la esquina con un tipo que le pareció normal. Después de darse cuenta que no tenía plata y que ninguna micro le paraba, le preguntó al desconocido si el tenía algo de dinero. El sujeto abrió y cerró su puño y le dijo que tenía como 200 pesos. En medio de la madrugada iniciaron una marcha juntos hasta llegar a la casa de mi querido Pujol en dónde, amablemente, dejó alojar a su compañero de ruta.
Al día siguiente, a Alvaro lo despertaron para almorzar. Detrás de él venía el tipo que se encontró la noche anterior y cuando estaba llegando al comedor chocó con una pared pegándose en toda la cara. En ese momento Pujol se dió cuenta que el tipo con el que caminó por horas era ciego.
Sus papás, extrañados por la visita, le comenzaron a preguntar cómo se llamaba su amigo, de dónde era y todas esas cosas típicas de los padres. Mi amigo, por supuesto, no tenía la más mínima idea de las respuestas. Sólo recordaba que anoche había ido a Suecia. Hasta el día de hoy el detalle que recuerda con más risa es ver la complicación con que comía su no vidente comensal. Sólo le quedaba un tallarín en el plato, pero el muchacho se empeñaba rigurosamente en buscarlo. Despúes supo que estudiaba música y que su hermano mayor, José Miguel, se ofreció en ir a dejarlo hasta su casa ya que le quedaba camino a donde iba.
Historias como esas tiene miles: una vez le apuntaron con una pistola po
rque se le ocurrió meterse a una casa en medio de la noche a pedir un cigarro.
Mi amigo es lo máximo. Sabe ser feliz y trata que el resto vea las cosas con la misma alegría que él.
A veces es mejor que muchos, pero casi siempre es mejor que todos.
Mi adolescencia gracias a su compañia es un gracioso recuerdo. Sobretodo porque siempre tuvo la paciencia para aguantar lo impresionantemente hinchapelotas que puedo ser. Sobretodo porque siempre me decía que sí, y ponía cara de interés, cuando le contaba con emoción historias que nunca me pudo entender por lo rápido que le estaba hablando.
Lo extraño casi tanto como lo quiero. Pero cuando lo veo todo sigue igual, intacto, completamente fiel y sincero: el cariño, los chistes y esa complicidad que tantas alegrías me ha traído.
Mi amigo, Alvaro Pujol, es lo máximo.