Prefiero esperar de pie

Historias urbanas de la vida y nuestro entorno

martes, septiembre 08, 2009

Pequeño Pecador

Lo escribe Paulina Roblero Tranchino |

Domingo 30 de agosto, 16.30 horas.

Hace más frío del que pensó que sentiría. La abuela le prometió sacarlo a pasear, pero nunca imaginó el lugar escogido.

La Catedral se imponía ante él, mientras miraba con deseo las pelotas y juguetes inflables que vendía un caballero rodeado de niños inquietos. Al otro lado de la plaza, los evangélicos tomados de la mano gritan en contra del pecado. ¿Qué pecado?, piensa el niño, la palabra no le significa nada.
"Este lugar me da miedo abuelita", le dice el pequeño, mientras le apreta la mano a su tiritona guía. El silencio, lo oscuro, el tremendo espacio que invade la figura de un joven que piensa en juguetes y el maní confitado que la abuela no le compró, son mucho para él.

Quiere estar en otro lugar, pero su acompañante tiene todas las intenciones de guiarlo por el camino de su Señor. ¿Qué Señor? eso tampoco lo sabe, y menos le importa.

"Agáchese mijito y pásese la mano por la cara haciendo una cruz", le dice la abuela mientras lo empuja al piso. "Esto no me gusta yayita, quiero salir de acá", le dice el niño inquieto por el frío contacto entre su rodilla y el suelo.

"Usted tiene que aprender de estas cosas de chiquitito, porque de más grande los pecados son peores y más difíciles que se los perdone Diosito", dice mientras le corrige una vez más la postura.

"Yo no he hecho nada yayita, en serio. No he hecho nada con el pecado". El niño cerró sus ojos y se aguantó las ganas de llorar.

Salieron en silencio y de la mano. El niño seguía con miedo y pensando en el maní confitado. Su abuela sonreía satisfecha por la lección.

domingo, septiembre 06, 2009

Llueve

Lo escribe Paulina Roblero Tranchino |

En el aire hay un silbido. Que más que silbido parece la vibración de la tierra contra las hojas, los metales, el barro y el perro que se esconde en la esquina. El ruido. El ruido del silencio obligado retumba y se acopla.

Yo retumbo y me acoplo.

Las gotas golpean el piso y salpican con diminuto escándalo. Siento el calor de su abrazo, pero el murmullo lo mata todo. Abro la ventana en busca de aire limpio. Más limpio que sus pecados y los míos. Allá afuera llueve, pero acá adentro está más inundado.

La puerta se empuja hacia adentro y hacia afuera en el minúsculo espacio entre el cierre y la libertad.

Yo te esperé, pero no volviste más. Tu cintura fue más esquiva que mis intenciones. La piel de gallina y la punta de la nariz congelada. La vista desde la ventana aferrado a los fierros.

El silbido ya no está. Y tú tampoco.

Gotas. Gotas que dicen que llueve. Tanto ruido y silencio a la vez. La noche, perra maldita que se cree tan soberana. Que esconde secretos y nos olvida a todos. Es que de noche todos se creen capos o gallinas, sin intermedios, sin vacilaciones. Noche. Pero qué noche. Acá el cielo se cae a pedazos y tú a pedazos te caes en mi memoria.

Una noche, como la de ahora, te tomé en la calle, te besé y recorrí por cada ínfimo espacio de tu cuello. El agua te mojo entera y pude ver a través de tu blusa lo que, con falso pudor, tratabas de esconder. Siempre te gustó el jueguito de señoritas medias putas.

La pausa del cigarrillo que se humedece con mi saliva. El golpe musical de las gotas porfiadas en su rumbo que se tiran a las esquinas de la ventana. Golpe agudo si cae en el metal, golpe grave si toca el vidrio. Golpe al ego si cae en mi cara.

Aún te espero, pero la lluvia hace difícil tu llegada. Ya no llueve entre nosotros. “Somos sequía absoluta”, escribiste en tu nota de despedida. Pero qué hueona más grande que puedes llegar a ser. Eres una reliquia de absurdos clichés con tus finales de teleserie barata, con tus epopeyas con sabor a vino en caja.
Me toco el pecho y siento los pelos canos. Ya no soy el mismo de antes.

Afuera pasa una vieja que corre con un diario en la cabeza. Patética la mula que cree que un par de hojas la protegen del diluvio. Más imbécil yo que disfruto sobándome el culo mientras otros sortean guerrillas cotidianas.

Si el tiempo fuera pasado, estaríamos en silencio y acostados escuchando la lluvia. Pero te fuiste a hacer una vida de primavera. Y yo, amargado en la ventana, estiro la mano hacia afuera para sentir que aun siento algo de vida, pero no siento nada, y eso sí que lo siento porque es de mediocres.

Cortaría hoy el momento de pensar en tus estupideces. Pero tanta crítica antojadiza ha llegado con efecto retardado. Maraca. Pero más que maraca, eres cruel.

Olvidé que mi mano estirada tenía el cigarro. El era el último y mi consuelo se deshace en creer que se podrá secar en la estufa.

Estar en la ventana en pelota me hace sentir ridículamente superior, pero lo triste es que nadie lo nota. Será otro secreto más. Otro placer que saboreas a la distancia. Siempre fuiste bien certera con mi forma de actuar.

Se te olvidó llevarte tu planta. La porquería está podrida y se ahoga entre el agua acumulada, los pulgones muertos y los cigarros apagados.

Llueve. Y sigo esperando en la ventana.

No llegas porque ésta ya no es tu casa. Pero aún está ese olor que se parece tanto a ti. Voy a ver cuánto dura este espectáculo invernal, quién sabe, quizás estás en algún rincón de la ciudad caminando a paso rápido para llegar a mí, y si eso es verdad quiero estar despierto para esperarte. No me gusta desperdiciar la oportunidad de dar una buena cachetada.

Llueve y todo se mojó, pero acá adentro la cosa está peor.

domingo, febrero 22, 2009

Chilean Splendor

Lo escribe Paulina Roblero Tranchino |

Me pregunto si Harvey Pekar sería valorado como artista que es si su cuna hubiese sido Santiago en vez de la helada Cleveland. Me pregunto si el relato de una vida de rutinas sufridas y archivos que ordenar sería visto como la voz del héroe callejero que se pasea por el ciclo de la "vida que hay que vivir" quejándose abiertamente. Ese hombre calvo y pequeño estaría sentado en Plaza de Armas, se tomaría un cortado en un café con piernas del centro en compañía de una chica semidesnuda con una historia secreta que se muere por despatar, más allá que su incómodo colaless. Harvey se quedaría solo. Con esperanza de que en sus palabras, viñetas, cajas de diálogo y dibujos crudos que evaden la sutiliza del lápiz para capturar el destello del ser humano normal, encontremos por fin ese espacio que habla para nosotros desde nosotros.

El Chilean (o por qué no Latinoamerican) Splendor está aquí. Instalado. Pero silencioso y acogotado por la vergüenza que significa levantar la voz. Mejor seguir siendo paciente, pisoteado. Estupideces varias de una sociedad que aún no sabe mirarse a la cara y se evade en el reflejo del Metro.

Al frente del diario donde hago mi práctica, vive un grupo de hombres y una mujer en medio de una loma que se cobija en la curva de Vicuña Mackenna, llegando a metro Ñuble. Entremedio de los árboles amarraron cordeles para colgar la ropa que lavan. Preparan el fuego para sus comidas, o toman sol acostados en el pasto. Cada vez que paso los veo agrupados, sumidos en sus quehaceres normales, pero públicos, y junto a ellos la vista de sus piezas de cajas de cartón y colchas. Aún no cruzo la calle para saber de sus historias, debo confesar que a veces la curiosidad es retenida por el miedo a ser imprudente.

Qué reflejo más absoluto hay en ellos de una vida que no tiene el espacio suficiente para ser entendida sin las parafernalias del etiquetado del "pobre". Que vergüenza que estén viviendo en silencio teniendo al frente una de las dos mitades del duopolio comunicacional de este país. Y yo, la practicante, curiosa, que se aferra a ellos esperando el día en que cruzará la calle y cruzará palabras, para algún otro día, por qué no, volver a ellos recordándolos en miles de caracteres.

Sé que Harvey hubiese ido a verlos. Les daría la mano y con su voz raspada les haría un par de preguntas. Para adentro se cuestionaría el por qué alguien opta por vivir en la calle y para rematar se contaría un chiste cruel que sólo el y su mente sabrían apreciar.

En estos meses de verano he tenido mi propio Chilean Splendor.

sábado, octubre 04, 2008

José Osorio: luchador cotidiano

Lo escribe Paulina Roblero Tranchino |

Todos los días vemos historias anónimas pasar por nuestro lado y situaciones inimaginables que se alojan en personas desconocidas. Así llegamos a “Don José”, conocido en el barrio de Ignacio Carrera Pinto, al costado del supermercado PuertoCristo que provee a los estudiantes del Campus Juan Gómez Millas de la Universidad de Chile. El no ha cambiado el mundo, pero sí el propio, no batalla con dragones, ni es miembro de una organización social, sólo sale adelante por él y su esposa, lo que ya es suficiente.

Es un héroe local, un luchador cotidiano. Tiene 84 años, ojos luminosos y la chispa de quien no se deja abatir por nada. Todos los días, tipo cuatro de la tarde, sale de su casa y empuja un gran carro lleno de dulces, chocolates y cuanto antojo que la gula quiera encontrar. Todos los días lo mismo. Con frío, con sol, con crisis asiática y vacas flacas, el sigue adelante, dando vueltos, contando monedas, envolviendo cuchuflís, poniendo en orden las barras de chocolate y los chicles. En su juventud fue miembro de la Fuerza Área, de ellos recibe una pensión que “no alcanza para nada”, como dice. Por eso depende de los dulces, de su carro, con eso paga las cuentas, el arriendo, los gastos de vivir, tiene que hacerlo y lo hace con gusto, en su casa lo espera su esposa quien se encuentra inmovilizada por una fractura de cadera de la que nunca se pudo recuperar. El mueve el mundo para los dos. Es el dueño de casa, lava, cocina, plancha, hace el aseo. Así todos los días, y no se deja abatir, sin vacaciones, ni tardes de té y estufa.

José Osorio tiene la frente en alto, el orgullo de ser un hombre de corazón grande y qué aún se siente útil. El vigor se aferra a sus pasos, esos mismos que lo llevan a empujar su carro y la silla de ruedas de su esposa. Un héroe de tomo y lomo.

sábado, julio 26, 2008

(la maravilla de) Marmaduque

Lo escribe Paulina Roblero Tranchino |

“Un mago”, me respondió el benja cuando le pregunté que quería ser cuando grande. A la semana siguiente le pregunté de nuevo y me dijo: “Quiero ser un doctor y un arreglador de lápices”. Tiene cinco años, el pelo lleno de rulos que saltan al mismo ritmo que él, y unos ojotes enormes que observan todas las cosas que hay a su alrededor.

Durante el embarazo, y sin saber su sexo, lo llamaba Marmaduque, por un personaje de la historia de Chile que me quedó grabado cuando me preparaba para dar la Prueba de Aptitud. Le hablaba a través del inflado cuerpo de mi madre y le preguntaba por cómo estaban las cosas allá adentro. Nació exactamente un mes antes de la cesárea programada, fue tan repentino e inimaginable como cuando mi mamá me contó que estaba embarazada. “Puta que la cagan”, pensé. El matrimonio estaba en crisis, había problemas económicos y una serie de situaciones que complicaban el escenario. Pero así y todo, el benja llegó. Era el 16 de febrero de 2003, yo tenía los mismos 18 años que mi madre tuvo cuando nací. Cuando lo vi por primera vez encontré un ser infinitamente diminuto y nuevo, limpio de todo. Ante él sólo había futuro y amor eterno que me logró despertar, nada más.

Él es la maravilla de tener el tiempo y las ganas de hacer cosas nuevas, de abrazar con ganas, de subirse a los árboles, de saltar en la cama, de agarrar bichos, de despertar en las mañanas con alegría, de sentir que todo el mundo es su amigo, de decir sin pudor lo que quiere: “Mamá, préndeme la luz, voy a hacer caca”.

Hay tantas cosas que no sabe de la vida, tantas restricciones desagradables que se imponen con el paso de los años. Es un lienzo en blanco que ha ido pintando con la libertad que sólo es posible de tener en la infancia que él disfruta. Vive como quiere hacerlo, se emociona porque hay jugo de naranja al almuerzo; su único dilema es cuando dan al mismo tiempo dos de sus programas favoritos en la tele.

Cada cosa, momento y emoción que vive es nueva, es la frescura de sentir que no hay nada que lo detiene. Queda con la cara llena de salsa cuando come tallarines, en verano el helado le chorrea entremedio de los dedos, no hay pudor, no hay vergüenza, no hay preocupaciones y, por supuesto, no hay problemas.

El tiempo es su dominio, lo tiene a su disposición, y cree que todos nos manejamos así. Maldito el día en que comprenda que eso no es tan verdad. Por eso, no importa si estudio, leo, tejo o trabajo, interrumpe religiosamente todo lo que hago para abrazarme y decir: “Pili, yo te quiero”, quiere asegurarse de que mi tiempo también es suyo y yo se lo permito.

Ayer le pregunté de nuevo qué quería ser cuando grande. “Un astronauta, un policía, un bombero, un pintor y un cantante”, me dijo convencido. Lo miré y me reí con ganas, de esas que él tiene ante la vida que lo espera, me sonrió de vuelta y lo abracé, lo abrazo y aún no lo suelto.

lunes, marzo 10, 2008

Ciudadanos Paparazzi

Lo escribe Paulina Roblero Tranchino |

Hace un par de días, me encontraba caminando por un sector del gran Santiago usando unos cómodos pantalones de algodón. En mi travesía creo que recorrí al menos unas siete cuadras en una calle repleta de peatones y autos en movimiento. Me parecía un poco extraño, pero no le quise dar mucha importancia, a la forma media picarona en la que un par de chicos ubicados detrás de mi me miraban, acompañada también de risas silenciosas que trataban de disimular. Esa caminata fue rara, no sólo por ellos, sino que también noté una actitud similar en un señor bastante adulto.

Al llegar a mi destino, noté que el cómodo pantalón que tenía puesto se había desconocido en toda la parte trasera, o sea, tenía al descubierto gran parte de mi lindo derrière que lamentablemente no lograba ser protegido, para nada, por el colaless que elegí usar ese día. De la vergüenza pasé a la paranoia: claro, el par de jovenzuelos tuvieron un festín visual que pudieron haber grabado o fotografiado con absoluta facilidad gracias a sus celulares. Y yo ultrajada como las divas que toman sol en topless en Miami.

Hoy en día es imposible detener el bichito reporteril que invade a más y más personas, la mayoría de los videos que vemos en Youtube son de creación artesanal o captan los momentos desprevenidos de las personas comunes y corrientes, porque si tienes un celular con cámara eres de inmediato un ciudadano que puede crear o informar, ya que somos los testigos principales o protagonistas de las miles de cosas que día a día pueden pasar y que la prensa se pierde. Frenar la corriente de información digital popular – cualquiera que sea – parece un acto imposible, son tantos los lugares habilitados para su difusión que es difícil saber por donde empezar y además son necesarios. Me confieso y me conformo, creo que soy una victima de la web 2.0, de Bolocazzo a Roblerazo… ¿Estaré en Youtube?